Mensaje
por Locox2r » 05 May 2013 21:12
Debo estar agradecido que en ninguno de mis viajes nunca me pasó nada terrible, más que alguna caída con moretón y frutilla incluída y al día de hoy nunca la moto me dejó a pata, pese que con las caídas pudo haber quedado un poco clueca.
La ruta se puede definir de muchos modos, pero para mí las mejores definiciones vienen del lado de los motociclistas.
Un viejo motero me dijo una vez que la ruta es un lugar de convivencia, y comprobé esa frase con mis primeros viajes. La verdad que tuve menos conflicto con los camiones que con los autos, y estimo que eso sucedió porque los camioneros tienen ese dicho tan presente como nosotros.
Pienso que la ruta se parece al mar, esconde paisajes y momentos sublimes, pero también puede esconder situaciones brutalmente trágicas.
Muchos vimos en la ruta algún palo fulero, o tenemos algún amigo o conocido que tomó mal una curva o se la puso contra otro auto o el guardarrail.
Siempre uno hace la proyección con uno mismo en esas situaciones, somos los más expuestos y vulnerables. Tal vez por eso en la ruta somos más solidarios y entre nosotros entendemos la necesidad de la camaradería.
Tal vez como dice Borges "no nos une el amor, sino el espanto".
Un par de historias mínimas de Octubre de 2009 que había posteado en el viejo primer foro, nada terrible o espectacular, pero en mi caso, me dispararon la reflexión:
Estaba anocheciendo temprano y el fresquito se estaba empezando a notar más de la cuenta, yo circulaba erróneamente por la Ruta Provincial 2 en Río Negro en dirección a Choele Choel, digo erróneamente porque había tomado una bifurcación equivocada y aún no me había dado cuenta. Sin embargo con los kilómetros empezó la sospecha.
Desde la sospecha hasta darse inequívocamente extraviado pasa un tiempo amplio e impreciso, esperando que el camino arroje algún cartel o señal para declararse salvado o perdido.
A veces, por tratarse de una ruta provincial, interna, de poca circulación, se mezquinan los carteles. A veces, el momento, la ruta y el ronronear de la moto sabe tan bueno, que estar perdido es sólo un detalle que puede esperar algunos kilómetros.
Pero la parte prolija de la conciencia empieza a tirar señales, alarmas y cucos, hasta que decidimos bajar el acelerador, quebrar la inercia de la velocidad, posar los pies en la tierra quieta y ver dónde cuernos estamos.
Así es que con esas vicisitudes me tiré a la banquina.
Ya ese día llevaba circulado 495 km, estaba un poco cansado. Saqué el mapa y lo revisé iluminado por la óptica. Ahí deduje que agarré la Ruta 2 en vez de la 251 a General Conesa como pretendía. Ya que estaba, me dediqué en ese lapsus a estirar las patas, disfrutar el silencio y la última luz del cielo.
Al rato, del lado contrario viene un camión con un semi largo y detiene la marcha. El tipo saca el brazo y me hace señas si estaba todo ok. Le señé un pulgar para arriba y un saludo bastante efusivo para demostrar agradecimiento. El camión dió un bocinazo y siguió, pasando una cantidad incontable de cambios.
Ya arriba de la moto, con un panorama más claro y la seguridad de haberme encontrado, llegué a una localidad llamada El Solito, ahí tomé la 250, una ruta que bordea el Río Negro. Cerca de las 20:00 finalmente llegué a donde debía, General Conesa.
La noche es un factor negativo, y si le sumamos frío.... Tenemos que pensar que no estamos en un habitáculo, estamos siempre expuestos.
Camino por la Ruta 3 a Madryn, con la ecuación noche+frío, tuve que parar para cambiar la lámpara de la óptica, una tarea sencilla si vamos al caso, sin embargo no fué nada fácil, voy a tratar de poner el contexto:
Es inevitable que si hace frío, uno tenga frío arriba de la moto, estamos sentados, con el cuerpo inmóvil y el viento que nos da de lleno. Uno piensa que si frena, el viento cesa y el frío mengúa, pero no. Te sacás el casco y la cabeza se te hela de repente, y cuando llega el turno de sacarte los guantes te das cuenta que el poco calor que estos retenían desaparece, las manos con el frío se vuelven más torpes, buscás la linterna y te das cuenta que es complicado operar con una luz tan puntual, quisieras tener una luz más abarcativa. No tenés mucho espacio para apoyar cosas, herramientas, tornillitos, ya venís temblando un poco y cruzás los dedos por que no salte ninguna pieza y se entremezcle en el pasto o la tierra porque la encuentra magoya. A esta altura, te preguntás: "por qué paré??" "quien me mandó a viajar a esta hora??", pero ya estás en el baile y la tenés que seguir.
Después suceden cosas, como luego de forcejear varias veces, descubrís que las aletas del culote de la lámpara nueva son levemente distintas a la anterior, así que tenés que improvisar cómo acomodar las aletas para que coincidan.
Imagino qué podría pasar si en realidad la falla en un contexto así es más grave y complejo, que involucra algo vital de la moto. Te querés matar.
Si por lo menos fuera noche pero templada, te quedas piola esperando que pase alguien y tal vez pare y te de una mano, o esperando que amanezca y con la luz de día y el sol sea otro cantar.
A veces en la desventura descubrís la buena voluntad de la gente, la ayuda desinteresada y esas cosas cambian tu manera de percibir.
La ruta da todo eso, sacar de uno el tezón, ingenio y la voluntad para solucionar un problema y no desalentarse, porque eso es vital, y la otra, que de repente caiga alguien que en tu vida viste y te preste ayuda sin que siquiera la pidas.